La terrible situación de salud en
Venezuela ya afecta a países vecinos
En una calurosa mañana de febrero,
Bernardino Albuquerque, un médico encargado de combatir las enfermedades
infecciosas en el vasto estado de Amazonas, en Brasil, recibió un mensaje que
temía durante semanas.
Tenemos
dos pacientes con síntomas.
Esa alerta de los médicos brasileños cerca
de la frontera venezolana marcó el inicio de una epidemia de sarampión
importada que sigue asolando la Amazonía brasileña. Era la primera vez en casi
dos décadas que el virus altamente contagioso aparecía en esta región tropical,
hogar de un creciente número de migrantes venezolanos. La enfermedad también se
ha extendido a Argentina, Colombia, Ecuador y Perú.
La crisis económica y social en Venezuela
se está extendiendo cada vez más sobre sus fronteras, y la enfermedad se
convierte en un símbolo más del nuevo desastre. El sistema de atención de salud
de Venezuela se ha deteriorado, lo que permite que enfermedades que antes se
erradicaron, como el sarampión y la difteria, vuelvan a surgir en una población
que enfrenta una escasez aguda de alimentos y medicamentos. Ahora, una salida
histórica de migrantes está ayudando a diseminar infecciones a otros países.
“La crisis de Venezuela se ha convertido en
la nuestra”, decía el alcalde de Manaus, Arthur Vigilio Neto.
El primer paciente de Brasil por sarampión
fue un niño venezolano de un año que fue trasladado a la frontera en febrero.
Ocho meses después, más de 10.000 personas contrajeron infecciones sospechosas
solo en el estado de Amazonas, debido a que el virus apareció en una población
local que no estaba suficientemente vacunada. Los nuevos casos están creciendo
a un rito de 170 a la semana.
Considerada una enfermedad infantil
manejable en Estados Unidos, el sarampión ha cobrado un alto precio en los
barrios de chabolas y las remotas aldeas de la densa selva amazónica. El estado
de Amazonas declaró una emergencia de salud en julio, y cientos de personas han
sido hospitalizadas con complicaciones, incluyendo la neumonía. Hasta el
momento, dos adultos y cuatro bebés han muerto.
“No habíamos tenido un solo caso de
sarampión en 18 años. La mayoría de nuestros médicos solo lo sabían por los
libros de texto”, manifestó Albuquerque, recordando el inicio del brote de
sarampión. “Estábamos preparados para algunos problemas rutinarios, pero esto
fue algo extraordinario”.
Países
fronterizos abrumados
Venezuela, una nación rica en petróleo de
aproximadamente 31 millones, se encuentra en medio de un colapso social tras
una depresión de cinco años provocada por los precios más bajos del petróleo,
las políticas socialistas fallidas, la mala administración del gobierno y la
corrupción. Las agencias de ayuda proyectan que casi 2 millones de venezolanos
abandonarán el país este año, además de los 1.8 millones que se fueron en los
últimos dos años. Abandonan un país donde escasean los alimentos y el sistema
de salud público se están marchitando con poco dinero para adquirir fármacos,
implementar campañas de divulgación o impulsar vigilancias epidemiológicas o
insecticidas.
Hace décadas, Venezuela era alabada como
pionera mundial en la lucha contra la malaria, erradicando la enfermedad de
vastos sectores de la nación. Pero los casos de malaria se han triplicado en
tres años hasta los 406.289 en 2017. Las autoridades brasileñas citan ese
escenario para justificar el aumento del 50 por ciento en la malaria en el
estado de Amazonas el año pasado, con 72.000 casos. Las autoridades de salud
peruanas han reportado un nuevo brote en una región de tránsito para migrantes
donde se han registrado casos de malaria desde 2012.
“Estamos enfrentando una epidemia de
malaria en lugares que ya no la tenían, que estaban limpios”, declaró
Albuquerque. “No han estado haciendo un control efectivo de la malaria en
Venezuela, especialmente en los últimos años”.
En Colombia, al menos ocho casos de
difteria, una infección bacteriana que puede bloquear las vías respiratorias y
causar la muerte, se confirmaron en 2018, lo que suponía los primeros casos de
la nación desde 2005. Los ocho se registraron en regiones fronterizas con un
gran flujo de migrantes de Venezuela, donde un brote de difteria se ha desatado
desde 2016, según la Organización Panamericana de la Salud (OPS), un organismo
de la ONU.
Los hospitales en los países fronterizos
con Venezuela, especialmente Colombia y Brasil, ya están abrumados por una
oleada de venezolanos enfermos que buscan tratamiento para enfermedades graves,
desde el cáncer hasta el VIH, donde cada vez es más difícil de tratar en país
bolivariano.
La OPS dijo en un comunicado que el sistema
de atención de salud de Venezuela, incluidos los programas de prevención de
enfermedades, se había deteriorado continuamente debido a problemas económicos
y políticos. “Esto ha llevado a un aumento en el número de brotes de
enfermedades infecciosas, en particular de sarampión, difteria y malaria. La
situación se está agravando por los movimientos de población tanto dentro del
país como en las naciones vecinas”, añadió.
Demasiado
poco y demasiado tarde
Ninguna enfermedad se ha propagado más
rápidamente desde Venezuela que el sarampión. Fuera de Venezuela, la gran
mayoría de los pacientes se encuentran en la nación más grande de América
Latina: Brasil.
El Ministerio de Salud de Venezuela no
respondió a las reiteradas solicitudes de comentarios. Sin embargo, los
registros de la OPS muestran que en 2016 se reportaron cientos de casos
sospechosos de sarampión. El gobierno lanzó una campaña de vacunación dirigida
al territorio más afectado, las zonas mineras ilegales en el estado de Bolívar,
luego de que se registraran casos a mediados de 2017.
Sin embargo, según los médicos venezolanos,
los programas de vacunación se habían impulsado en todo el país, lo que ofrecía
una receta para el desastre, incluso cuando el gobierno era lento en responder
a nuevos brotes.
Dos médicos venezolanos familiarizados con
el programa de vacunación del país dijeron que la infraestructura deficiente ha
contribuido al problema. Según los médicos, en el Hospital Universitario de
Caracas, uno de los más grandes de la capital, hay huecos en las puertas de la
sala de enfermedades infecciosas donde están los pacientes con sarampión,
comprometiendo así los esfuerzos de contención. Los refrigeradores, a menudo,
no funcionan correctamente en las clínicas de la capital, lo que dificulta el
almacenamiento de vacunas. Además, según los médicos, los automóviles que se
utilizan para entregar vacunas, con frecuencia, suelen estar fuera de servicio
debido a la falta de piezas de repuesto.
El ejecutivo venezolano, con la ayuda de la
OPS, lanzó este año un programa de vacunación contra el sarampión a nivel
nacional. Pero el daño, advierten los médicos, ya se había hecho.
“Cuando un virus ingresa a un país, lo que
se hace es proteger a la población y el gobierno simplemente no lo hizo”,
comenta Julio Castro, profesor del Instituto de Medicina Tropical del Hospital
Universitario de Caracas. “Una vez que el virus estuvo aquí, no hicieron nada
para detener realmente la propagación. Sabiendo que muchos de nuestros niños no
fueron vacunados, el gobierno debería haber impuesto una alarma nacional. Y no
lo hizo”, añadió.
Los organismos internacionales, incluidos
la OPS y la Agencia de Estados Unidos para el Desarrollo Internacional, la
organización de desarrollo en el extranjero del gobierno de Estados Unidos, han
lanzado programas de emergencia de salud en los países vecinos de Venezuela
para contener los brotes, incluida la vacunación y las operaciones de detección
en Colombia y Perú. Pero en ninguna parte la respuesta ha sido más masiva que
en Brasil.
“No
fui vacunado”
El camino desde Venezuela pasa por el
Hospital de Emergencias Northside en Manaus, una ciudad en expansión de 2.1
millones de personas que creció bajo los barones del caucho del siglo XIX.
Aquí, a unos 1.000 kilómetros de la
frontera con la nación bolivariana, los pacientes más pequeños del hospital
están luchando por respirar en una sala de enfermedades infecciosas que se
convirtió hace meses en un ala de aislamiento del sarampión. En una habitación,
Talia Miranda, de 21 años, acariciaba la mano de su hijo de 4 meses, Theo.
Cuando había llegado nueve días antes, su
neumonía relacionada con el sarampión era tan grave que necesitaba ser
incubado. Todavía no estaba fuera de peligro, pero estaría mejor que otro niño
con infección en la habitación de al lado que podría no salir no vida.
Las autoridades han colgado carteles
informativos sobre el sarampión en la ciudad, y el brote aparece constantemente
en las noticias. Miranda había estado contando los días hasta que su hijo
cumplió 6 meses, la fecha en que los médicos dijeron que sería seguro
vacunarlo. Pero entonces, ella tuvo el sarampión y se lo pasó a él.
“No culpo a los venezolanos. Solo están
buscando un lugar seguro”, relataba ella entre lágrimas. “Me culpo a mí misma.
No fui vacunada. Él se infectó por mí”.
De hecho, la propagación de enfermedades
como el sarampión ha puesto de relieve la peligrosa debilidad de los programas
de vacunación en países como Brasil. Cuando el sarampión llegó de Venezuela,
casi un tercio de los 4 millones de habitantes del estado de Amazonas no
estaban vacunados.
Los funcionarios se han apresurado a
responder. El gobierno estableció una sala de control en Manaus con docenas de
mapas colgados en la pared y rastreó la enfermedad mientras invadía la ciudad.
Los médicos no familiarizados con el sarampión se sometieron a un entrenamiento
urgente. Las autoridades sanitarias acudieron a universidades y escuelas de
medicina y reclutaron a más de 1.000 personas a las que se les enseñó cómo
administrar vacunas. Comenzó una operación de puerta a puerta, desde edificios
coloniales cubiertos de musgo y barrios pobres hasta asentamientos en la jungla
a los que solo se puede llegar en canoas.

Sin embargo, la movilización no logró
prevenir un brote importante: a finales de verano, el personal médico recibía
900 presuntas víctimas de sarampión por semana. Agobiados, los trabajadores de
salud pasaron de enviar pacientes a las salas de aislamiento del hospital a
recomendar contención en el hogar para todos los casos, excepto para los
peores. Se establecieron puntos de vacunación de emergencia en escuelas e
iglesias.
Después de la administración de 1 millón de
vacunas, el número de casos nuevos sospechosos se está reduciendo a 170 por
semana.
Pocos en Manaus están enojados con los
migrantes de Venezuela, que son recibidos con simpatía. Sin embargo, los
residentes culpan al gobierno venezolano.
“La epidemia es el resultado de un gobierno
despótico e incompetente en Venezuela”, remarcaba Virgilio, el alcalde de
Manaus. “Su falta de cuidado por la atención médica nacional ha creado estas
consecuencias negativas, y tenemos que pagar el precio”, concluía




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