Los conspiradores
Autor: ALBERTO BARRERA TYSZKA
Cualquier
día de estos nos va sorprender. Aparecerá en televisión, apretando la mandíbula
y tratando de mirar fijamente a la cámara, como si quisiera imitar una pose de Raúl Amundaray en el trance de decirle “ya no
te amo más” a una trémula Lupita Ferrer. Dudará unos segundos y
luego, con tono tajante y aguerrido, nos dirá que su sombra está conspirando.
Que tiene pruebas y que pronto, muy pronto, lo demostrará. Que ya le ha
pedido al Sebin que la detenga. Que incluso ha solicitado una alerta
a la Interpol, no vaya a ser que su sombra pretenda salir huyendo
fuera del país. Golpista, traidora y vendida. Si algún patriota cooperante ve a
la sombra de Nicolás debe pasar el dato de inmediato. Hay que frenar ese
peligro, acabar con esa amenaza. Es de lo peor. Está en tratos con la CIA, con
Dólar Today, con los judíos, con Álvaro Uribe, con el Grupo de Lima, con los ex
militares del 4F, con Los Tigres del Norte, con la ONU, con la Asociación
Mundial de Boxeo, con los extraterrestres… ¡Menos mal que La Revolución nos
protege y nos defiende siempre de los grandes peligros que atentan en contra de
la patria!
Si algo
puede definir al gobierno de Nicolás
Maduro es su declarada voluntad represiva. La naturaleza del madurismo es la violencia. Durante
estos casi 5 años, el país ha vivido un creciente proceso de
institucionalización de la
agresión y de
la crueldad. Se trata de una metodología que convierte al Estado en
un ejército de ocupación que invade y somete a sus propios ciudadanos. Es un
proyecto que instaura la violencia en todos los ámbitos de la vida pública y
privada. Igual te censura o te carnetiza, te raciona las medicinas o te
encarcela, te empobrece o te empadrona, convierte siempre tu existencia en una
forma de tortura. Y todo lo hace con el mismo argumento, con la misma
justificación: las conspiraciones.
Siempre hay una cerca.
Todos los días, algún alto dirigente invoca o denuncia la existencia de una
nueva. Ante cualquier problema, el oficialismo solo tiene esa
respuesta. La teoría de la
conspiración se ha convertido en la única idea que maneja el gobierno.
Todos los funcionarios tienen un dispositivo Pavlov debajo de la lengua. Ante
cualquier señal de la realidad, de manera instantánea se dispara la única
palabra que existe en el Manual Básico del Buen Bolivariano: “conspiración”.
Quien revise el archivo de las excusas oficiales de los últimos años,
encontrará cómo, renglón tras renglón, se repite absurdamente la misma receta.
Siempre hay alguien malo, impuro, tránsfuga, aliado con alguna fuerza extranjera,
fraguando un complejo complot en contra del gobierno. A partir de esta premisa,
se ha organizado una estructura siniestra, capaz de implementar las OLP, masacrar a ciudadanos inocentes o ejecutar a rebeldes que
querían entregarse a la justicia.
Para los poderosos, las
conspiraciones tienen un perverso efecto tranquilizador. Generan alivio.
Posibilitan el uso de la fuerza sin ningún tipo de dudas. Promueven la crueldad
como virtud. Permiten que Maduro salga en televisión, rechonchamente feliz,
prometiendo prosperidad e ignorando las angustias y miserias de las mayorías,
aunque en secreto probablemente no confíe ni en su sombra y prefiera actuar
como un paranoico arrebatado.
Para todos los demás,
sin embargo, las conspiraciones tienen por el contrario un impacto
desmovilizador. Anula nuestra capacidad política. Nos obliga a vivir temiendo
ser acusados en algún de momento de participar en una confabulación secreta.
Cualquier está bajo sospecha. Cualquiera puede caer. Fíjate lo que pasó
con este ex General, ex Ministro, ex Director, ex amigo, ex héroe… ¿Qué
no te puede, entonces, pasar a ti?
Por
esto mismo, es inadmisible legitimar o perdonar algunas acciones dependiendo
del nombre de sus víctimas. Quien celebra la detención de Miguel Rodríguez Torres, celebra
en el fondo un modo de ejercer el poder, una fórmula, un Estado que puede
actuar con violencia sin respetar la ley. Es necesario despersonalizar las
acciones políticas. Lo que este gobierno hace con el General Baduel es
tan criminal como lo que hace con Daniel Ceballos. No hay una
soterrada justicia, ni siquiera una alentadora revancha, en la detención de ex
funcionarios ligados al oficialismo. Ninguna víctima ennoblece la brutalidad de
un torturador. El enemigo es el sistema. Y el sistema siempre actúa igual y
piensa lo mismo: todos somos conspiradores.

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